Homérida

I
Pronto supieron los insignes vates ciegos
Que aquel muchacho era especial.
Su voz, pese a la edad, grave y sonora;
su exquisito manejo de la lira;
su innato amor hacia la, por siempre, virgen Afrodita.
¿Pero a quién encomendar su pupilaje?

II
Veinte años lleva ya con su viejo maestro
y, sin embargo,
¡le queda tanto aún por aprender!
Y así piensa a veces todavía
que todo este tiempo de penoso aprendizaje
no ha sido más que un largo desengaño.
No lo conseguirá y lo sabe,
más ha de presentarse ante el tribunal de los Aedos
y perpetuar el engaño.

III
El anciano, en tanto, no comparte esos temores.
Con impecable rigor ha ido tejiendo la red
en torno a su díscolo aprendiz:
el único digno heredero
de portar la fórminge de Orfeo.
Puede presentarlo con orgullo a sus colegas.
Pasará la prueba y será
uno más en la asamblea
de los sabios vates vagamundos ciegos.
Y el anciano maestro, al cabo, podrá retirarse a descansar.



Ilustración: Camelia Davidescu

El turista galáctico

 Ante el muro del tiempo indefinido
Tuvo la amabilidad de detenerse
Y posar para mí, que le observaba
Entre la admiración y el pánico.
Era el turista plástico galáctico
Junto a su nave contenedor-exploradora.
Me sonrió con su sonrisa burlona y luego
Me hizo posar para él.
Es como aparezco aquí,
Reconvertido a su forma.


fotomontaje, Janial Laggue

Romance de la doncella y el doncel


(Del “Romancero apócrifo”)

Por las tierras de La Mancha,   en su brioso corcel,
cabalga en pos de su hado,   un afamado doncel.
Al trote lleva al caballo   por los campos de Montiel.
Va al encuentro de su amada,   va a encontrarse con su bella.
A ella solo se encomienda,    la su adorada doncella.
Sólo hacia ella sus ansias.   Ella es su bien, es su estrella.
No tiene más pensamiento   que el de ayuntarse con ella.
Siente un gustillo en los huevos   que le sube a todo el cuerpo.
El trotecillo pausado   lo pone a ciento y onceno:
ese trote tan lascivo,   ese trote tan ligero.
Sube y baja, sube y baja,   hasta secar su venero.
La doncella, mientras tanto,   dulce, cariñosa y tierna,
recogida en su bufete,   siente ardores de entrepierna.
“¿Dónde estará el muy bandido,   dónde estará el sinvergüenza?
(No confundir con el noble   recostado de Sigüenza)
Ven deprisa, amado mío,   que este fuego ni con agua
soy capaz de sofocar,   aunque remoje mi enagua.
Unas gotas de Chanel,   mis muslos perfumarán,
y atraerán a mi doncel   cuál veloz alcaraván”.
Pero el doncel no se allega,   va muy lento su caballo.
Y aprovecha la ocasión,   muy ladino, un mal lacayo.
Haciendo ver que es eunuco,   aunque es un poste de mayo,
le olfatea su chanel   y , pis pás, la ha desvirgado.
Ya le quitó los ardores,    ya el incendio es sofocado.
Ya la doncella no es tal;   ya el doncel es ultrajado.
“He llegado en cuánto pude,   ¡pero cuán tarde he llegado!
-exclama el pobre cornudo,  -aunque haya venido al trote”.
Así le responde ella  la ex doncella ya sin dote,
ya carne de lupanar:   “Haber venido al galope”.

Hasta aquí ha sido el romance:   de la doncella, el doncel,
del malhadado recurso   a las gotas de Chanel.
De los embustes ladinos   de un fementido lacayo,
de los campos de Montiel   y del trotar de un caballo.

El negocio del poeta

- ¿Pero usted sabe lo que cuesta construir un auténtico soneto?
-  Euro más, euro menos, seguro que llegamos a un acuerdo.
- ¡Una eternidad en catorce endecasílabos!
- ¿Le parece bien dos euros por verso?
- Además, en los tercetos se permite cierta libertad. Pero los cuartetos exigen una métrica y una rima en consonante perfectos. A, B, B, A…
- Está bien, no discutamos, ¿será por dinero? Treinta euros por cada uno. Pero tienen que ser dos. Uno para mi amante y otro para mi esposa. Pobrecita. La tengo tan abandonada.
- Aunque no hay que exagerar. También se admite cierta variedad rítmica. No hablamos de una prosodia petrificada.
- Y, al fin y al cabo, es la madre de mis hijos. Venga, va. Cuatro euros por verso para el soneto de Angelines –es el nombre de mi patrocinada, por si quiere usted incluirlo en su soniquete-, que hacen cincuenta y seis y…
- También se admiten los sonetos con estrambote, claro está.
- … tres euros por cada… ¡Ah, no, no, de estrambotes nada! 
- A mi tampoco me gustan demasiado. Es como un quiero y no puedo.
- De acuerdo pues. Así que en total, le puedo ofrecer por los dos sonetones noventa y ocho euros. Por supuesto, sin derechos de autor. Esos me los quedo yo. ¿Cerramos el trato?
- Depende de los nombres. Uno ya me lo ha dicho, Angelines. ¿Angelines qué más?
- Angelines Coñiflor. No le será difícil rimar.
- ¡¿Ah, no?! Dígame con qué y le hago un descuento.
- Pues,… no sé… con la palabra flor, mismamente.
- ¡Por favor!
- Bueno, tal vez,… coliflor…
- ¡Puaggg!
- …Albor… Candor…
- ¿Coñiflor candorosa?
- ¡Si la conociera!
- Ya me gustaría, ya. Bueno, ¿y la interfecta?
- ¿Quién?
- Su esposa…
- ¿Qué? ¿También la quiere conocer? Me haría un gran favor.
 - No, no, no. Que cómo se llama su santa.
- ¡Ah, la mala pécora!... Déjeme recordar… ¡Ah, sí!, Rosalinda de Guzmán.
- ¡Arrea!... Cada vez me lo pone usted más difícil.
- De Guzmán,… Alcarabán. Si hasta yo sé hacerlo.
- Y Rosalinda,… una guinda.
- Me gusta.
- Ejem…Dejémoslo estar.  Doscientos euros por los dos. Es mi última oferta.
- ¿Cien euros por sonetón? ¿Está usted loco?
- Y el IVA lo pone usted. Yo no puedo. Soy poeta.
- ¡Pero bueno…!
- Y, además, las consumiciones a su costa.
- ¡Eso sí qué no. Hasta ahí podíamos llegar! Beber a deshoras no desgrava.
- Está bien, está bien… ¡Fermín… pon estas copas a la cuenta del señor…! ¿Cómo dijo que se llamaba?
- ¿Quién, yo?
- No. Su padre.
- Entrambasaguas, como yo. Leovigildo Entrambasaguas.
-… ¡Entrambasaguas!...
- … ¡Vale, tomo nota!…
- ¿Y bien?
- De acuerdo, de acuerdo. ¡Qué remedio! ¿Para cuando los tendrá?
- Como usted comprenderá, una eternidad por soneto, son dos eternidades. A una semana por eternidad…
- Vale.
- La mitad por adelantado.
- ¡estos poetas! ¡Siempre con hambre de dinero!

Gramática

Propongo un nuevo tiempo verbal: futuro imperfecto indicativo de un pretérito pretendidamente pluscuamperfecto.

El librero de Alejandría

El librero de Alejandría existe, se llama Paco y vive en León, Su consultorio literario se halla en la  calle Fajeros nº 2: Alejandría Libros. Dejaos guiar por él.

(Entra)
- Buenas.
- Buenas.
- Venía buscando un libro de poemas.
- ¡Vaya, vaya, así que un lector extravagante! ¿Lo quiere a lo bestia o un título en particular?
- Mas que un título, un autor.
- ¿Le vale igual una autriz?
- Por supuesto, por supuesto, es sólo para regalar.
- Comprendo. Déjeme ver…un momento…enseguida vuelvo. Voy a la trastienda a ver qué encuentro.
-Tranquilo, no tengo prisa.
- Más le vale… (Tras un rato)… e voilá.
- Sí, éste es. ¿Qué le debo?
- Déjeme un momento que lo piense…
- Ya le he dicho que no tengo prisa.
- Vamos a ver, así que son… (…y me llevo tres…)…ehhh, veintitrés tristes horas con cuarenta minutos.
- ¡Jodó! ¿Y no me puede quitar el IVA o la tristeza o, a ser posible, los dos?
- (Éste quiere negociar). Le advierto que ya viene con las relecturas incluidas en el precio.
- Así y todo…
- Los tengo más baratos.
- Tampoco le pido tanto. En fin, ¿Cree que lo disfrutará?
- Con los libros de poemas, es difícil aventurar juicios. ¿Es hombre o mujer?
- ¿Quién?
- ¿No es para regalo?
- Es cierto, ya se me había olvidado. ¿Importa eso?
- ¿El qué?
- Si es para hombre o mujer.
- No, es sólo curiosidad. ¿Se lo envuelvo en celofán?
- ¿Sube mucho el precio?
- Entre diez y doces segundos. Depende de las prisas.
- No. Mejor, démelo como está. ¿Admite pagos con tarjeta de visita?
- ¡Naturalmente!
- Perdone si le he molestado, sólo quería confirmar su probidad profesional.
- No me ha ofendido.
- Por cierto, ¿no tendrá libros para niños?
- A muy buen precio.
- Póngame uno, también con versos.
-¿Para regalo o compromiso?
- No lo sé. Es para mí.
- Compromiso entonces. Veamos que hay por aquí. ¿Le gusta éste?
- ¡Es en prosa!
- Déjeme ver… se equivoca… es verso libre, señor, con algunas rimas despistadas.
- ¡Ah!, sí, es verdad,.. Pero…a un niño... no sé yo.
- Es bueno que empiecen pronto.
- Tiene razón. ¿Cuánto vale?
- Con los libros para niños es difícil calcular. Un momento, por favor.
- Mi impaciencia tiene un límite.
- Tengo que consultar… Como es de segunda mano, se lo dejo en veinte minutos.
- ¡Demasiado barato!
- ¿En qué quedamos? Se lleva dos obras maestras ¡por veinticuatro horas!
- Visto así…Aquí tiene mi tarjeta.
- truncan lunas truncan lun…La máquina me la ha aceptado. Pero le advierto, señor, que está a punto de caducar.
- No se preocupe. Lleva años así.
- Yo no me preocupo por nada. Sólo insinúo. Aquí tiene su recado. Vuelva cuando guste por aquí.
- Vale.
(Sale)



  
Ilustración: Camelia Davidescu