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Vídeomontaje realizado sobre fotografías de dibujos, oleos y esculturas de mi primo Francisco Gómez Jarillo

Penúltima reencarnación

     Un viejo refrán español viene a decir que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. En mi caso se cumple con creces. Cada vez que muero, me juro que es la última vez, que lo haré bien la próxima vida y que se van a acabar para siempre las tonterías. Luego, cuando me reencarno, vuelvo a meter la pata en los mismos o similares charcos y me obligo a repetir el ciclo kármico. Y así sigo, sin escarmentar.

El espejo del fin del mundo

El fin del mundo llegó, tal como sabemos quienes habitamos ojepse led odal orto la, el día que Don Quijote de la Mancha decidió rendir sus armas y hacerse pastor. Ese mismo día y a la misma hora, murió de pena Sir John Falstaff, coincidencia que no debería pasaros desapercibida, mientras Alejandro de Macedonia, incapaz de soltar los nudos de Gordión, decidió sajarlo con la espada, Nadie chamuscaba el ojo de Polifemo y un palurdo universitario ponía sus pezuñas en la Luna. Fue el mismo día, no podía ser de otra manera,  que Gregorio Samsa se despertó convertido en un desvalido insecto, Jeorges-Jacques Danton fue guillotinado, Jesús de Nazareth decidió transformar el pan y el vino en carne y sangre humanas, Robert Oppenheimer fue reconocido oficialmente como excelso benefactor de la humanidad y una malvada madrastra sin nombre destruyó para siempre el espejo-luna que nos mantenía unidos en la vida eterna. El fin del mundo llegó cuando decidieron separarse, ya para nunca, el tiempo histórico y el tiempo del mito, el tiempo de la materia y el tiempo del espíritu, el tiempo del reloj atómico y el tiempo del reloj de arena dorada por el sol, el tiempo del oro alquímico y el tiempo del tiempo es oro. Pero, ¿cómo hacéroslo saber desde el otro lado de un espejo que está roto? 

Nostalgia, saudade o yo qué sé

Yo no sé si es nostalgia, saudade o tristeza sin fondo:
es como un déjà vu, pero mucho más persistente e intenso.
Un retorno a la ciudad del sueño en duermevela en la que nunca estuve.
Me veo entonces, como a través de un espejo deslucido, solitario y noctámbulo,
yendo al encuentro del amigo a quien no volveré a ver.
Camino entre la niebla en esta noche fría,
en que la luna llena apenas se deja presentir,
por una calle sin luces y sin nombre,
encojo los hombros, me subo las solapas de la americana y enciendo un cigarrillo,
rogando a Dios por lo bajo que aún esté abierto el bar en que habíamos quedado,
y que aún siga él allí, con su vaso de whisky en la mano, para brindar de nuevo
y “echar unas risas” que ahuyenten, por un momento, la tristeza
y abarcar el mundo entero en un abrazo.
Pero él, me dice el camarero, también esta vez ha tenido que marcharse,
pues anda muy ocupado atendiendo sus asuntos de muerto prematuro.
Y yo me encojo de hombros otra vez, me tapo hasta las orejas,
y salgo de nuevo a la calle, hacia el amanecer helado que me espera.

A mi amigo Luigui, siempre en el recuerdo.


Ilustración: Camelia Davidescu

Últimos besos

Vida mía, dulce amada:
si, al besarme apasionada,
notas algo como barro,
no pienses que tengo sarro.
Yo beso por donde pisas
y tu has ido, con las prisas,
a meterte en todo el charco.
¡Ay, si te hubieses parado!

Y si un olor nauseabundo
de mi labio vagabundo,
invade tu fino olfato,
no creas que tengo flato.
Beso donde pisas tu:
las caquitas de Lulú.
Si hubieras tenido un gato
esto no habría pasado.

Y si notas pegajoso
mi beso, nada rijoso,
piensa, en fin, que es por el chicle
que pisaste en tu despiste.
Y, aunque ya te lo advertí,
también pisaste, lo vi,
lapo y vómito asquerosos.
¡Qué besos tan enojosos
Los últimos que te di!

Y, aunque ya no me permites
besar tus labios carmines,
sigo besando a tu paso:
las cacas del lasha apso
los charcos, las vomitonas
de adolescentes litronas,
chicles también, ¡oh, infeliz!

No me lo puedes prohibir.


Ilustración: Camelia Davidescu

El día después (21 de Noviembre de 2011)

El PESOE no está contento:
se va a quedar sin barones
a montones.
Todo es banderas al viento
en la sede del PEPÉ.
¡Eso es fe!
Estará feliz el CE i U:
de diez pasa a dieciséis,
ya lo veis.
¡También lo estará el IU:
grupito parlamentario
en solitario!
¿Y quién es ese AMAIUR
que ha ganado al UPE y DE?:
un euskalé.
Rubalcaba que dimita.
Rajoy para presidente.
Lleida siente
que a pesar de su autoestima
Cataluña no es un coto
de uno solo.
Cayo Lara y Llamazares
a seguir el movimiento
descontento
de indignados a millares
al que ya se han arrimado
con descaro.
Rosa Díez a por todas:
“¡Vaya brutal injusticia!
Yo quería
un grupo afín a mis cosas
y me han metido en el mixto.
¡Vaya pisto!”
El resto es fútbol del bueno,
con goleadas y empates
a raudales.
Sólo pondré dos ejemplos:
Compromís QU empata al FAC:
vaya un crak.
PENEUVE cinco, Ebe cero
sin el Zubi de portero.
Ya lo dejo. 

Los tres reyes

Cualquiera hubiese asegurado que los tres habían venido juntos y, sin embargo, fue pura casualidad que coincidieran aquella mañana en la pensión del señor Honorato. También que a los tres les diera por hacer la misma pregunta absurda al mesonero, porque, en el fondo, cada uno buscaba un niño diferente, aunque, eso sí, los tres venían con la intención de adorarle y llevárselo como rey por un día a su país para, acto seguido, sacrificarlo a sus dioses. La capacidad de reacción del señor Honorato, tal vez su proverbial desconfianza hacia los forasteros o vaya usted a saber qué, salvó a los trillizos de la quema, pero ¡a qué precio! Y no me refiero sólo a la matanza de niñitos inocentes que siguió, todos los del pueblo excepto los tres gemelos, sino, sobre todo, a la que montaron los hermanitos cuando llegaron a la edad adulta. “¡Si lo llego a saber -decía el señor Honorato cuando la cosa ya no tenía remedio- se los entrego yo personalmente a los tres reyes esos!”. Claro, como eran los únicos varones que quedaban de su generación y como encima el señor Herodes, el cacique del pueblo, al no tener hijos que le heredaran –porque no iban a heredar las hembras, es lo que faltaba, aunque fuera el cacique- los adoptó como suyos, se puede uno imaginar. Eran malos hasta decir basta y desde que murió su padre adoptivo, peor todavía. No respetaban ni a sus hermanastras, ni siquiera a la más guapa, la pizpireta Salomé. A la mujer le gustaba exhibir sus encantos por el pueblo y ¿qué mal había en ello? ¿No era soltera? Tenía un baile de su invención –menuda era la Salomé- que solía ejecutar en la plaza mayor. Según danzaba dando vueltas, se iba quitando la ropa, toda a base de velos de satén, hasta que se quedaba en pelota. ¡Pues no van los trillizos y la encierran en casa, que no se la volvió a ver hasta que la espicharon los tres! Y que pena daba, que se había quedado en los huesos y ya no iba con velos, sino con un vestido todo negro hasta los pies. Y para animarla le decíamos “Baila Salomé, que tus hermanos ya no están para impedirlo, baila” y ella bajaba la cabeza y respondía horrorizada: “No, no, que es pecado mortal”. Pobre Salomé. En cuatro años de reclusión mayor envejeció más que todos nosotros juntos en cincuenta.
Había una que se la daba con queso al marido y no con uno ni con dos, que aquella se tiraba todo lo que llevara pantalones y va el buen hombre y la denuncia, ¿no? Para allá que vamos todos con las piedras para lapidarla como se merece y en esto que aparece uno de los hermanitos, el Jesusín –aunque los tres son iguales a éste se le reconocía porque era el más relamido de los tres- y empieza con que si el que esté libre de pecado, con que si no hay que tirar piedras al propio tejado, con que si patatín, con que si patatán, y va ¡y la deja marchar a la muy zorra! Y todo el pueblo con un palmo de narices, tu. Pero con su guardia de diez matones que habían reclutado por ahí fuera, a ver que hacíamos. A soltar las piedras y para casa. Que si digo que eran malos no lo digo por decir. Me acuerdo de un día que nos mandan ir a todo el pueblo a la plaza mayor, que nos va a hablar el Jesusín de los cojones. Se asoma el tío al balcón y empieza a dar órdenes como su padre, pero todo al revés. Va y dice, dice: “Desde ahora ni ojo por ojo ni diente por diente ni hostia por hostia. Desde ahora, si os abofetean en una mejilla ponéis la otra”. A mí, claro me dio la risa tanta estultez, con tan mala pata que Pedro, uno de sus matones, estaba justo detrás de mí. Me chista, me doy la vuelta sin saber quien es y me arrea un bofetón de dos pares de cojones. A mí, a mis cincuenta y ocho años, va un niñato y me pega con la mano abierta. Mira, me voy con la cacha a por él que si no me sujetan lo escalabro allí mismo. Y sujeto como estaba por otros dos matones, creo que uno era un tal Andrés y el otro no me acuerdo, va el tal Pedro y me dice “y ahora en la otra para que aprendas la lección”. ¡Y me da otra bofetada el muy cabrón! Yo lloraba, lo juro, lloraba pero no de dolor, que el mierda ese no tenía media torta, sino de impotencia…bueno, pues hablando de jurar, según me estaba cagando en dios, el Jesusín, como si me estuviera oyendo, que era imposible desde el balcón y tampoco lo dije a voz en grito, añade: “Y no juréis por Dios”. Jódete lorito.
Un día el señor Honorato, el de la pensión, se me acerca a escondidas –los trillizos tenían espías por todas partes- y me dice: “¿Sabes la última de los hermanitos? Me la ha contado Serafín, mi primo, que tiene un hotel restaurante en Canaan –sus tentáculos se iban alargando cada vez más lejos-. Pues resulta que una parejita quiso celebrar allí su boda y para allá que fueron los tres caciques con la bruja de su madre. Cuando se dejó de servir el vino, a la medianoche, como siempre, para que los novios puedan retirarse a hacer lo que tengan que hacer en su primera noche, van éstos y empiezan a sacar botellas y más botellas para los invitados y no solo le dejaron el bar para el seguro a mi primo Serafín sino que, además, los pobres novios no pudieron consumar y se negaron a pagarle la habitación que habían apalabrado con él”.
Yo he visto con mis propios ojos a Jesusín con un látigo en la mano expulsar a los pobres mercaderes del templo mientras vendían los animales para el holocausto. “¿Con qué vamos a sacrificar ahora?”, se preguntaba todo el pueblo. Pero bien le importaba a él y a sus hermanos.
No eran una ni dos. Era la maldad como forma de vida, el goteo continuo que hace rebosar el vaso. Pero nos tenían agarrados por las pelotas hasta el punto de que incluso uno de sus matones, de nombre Mateo, era, además, el recaudador de los impuestos, así que, si no te volvías manso como un cordero y te convertías en oveja del pastor Jesusín, venía el de hacienda y te lo quitaba todo. Pero gente tan mala tiene que hacer agua por algún sitio, generar enemistades incluso entre los suyos y dimos con Judas que estaba harto de los tejemanejes de los hermanitos y de que se rieran de él. La última que le hicieron inclinó la balanza a nuestro favor. Resulta que se reunieron los trece, los tres hermanitos y los diez matones para cenar y en esto, antes de empezar, el Jesusín, que ya era el jefe indiscutido del clan, moja un trozo de pan en el vino y se lo da al pobre Judas como diciéndole “anda, toma esto y vete a tomar por culo, que aquí no vas a pillar nada”. Después se enteró que se habían puesto ciegos a comer cordero y a beber vino y a mojar pan en la salsa. Así que vino y nos dijo: “esta noche van todos para el huerto de los olivos después de la cena a ver como van las aceitunas. Estarán borrachos perdidos. Es ahora o nunca”. Pero Pilatos, el jefe provincial del movimiento, que no los tragaba desde que le obligaron a cerrar el puticlub del pueblo, había sido explícito: “si queréis que haga la vista gorda, vale, pero solo admitiré un linchamiento cada vez” y decidimos por votación que Jesusín, el peor de los tres, fuese el primero. “¿Pero y si nos equivocamos de hermano?”, terció Honorato. “Yo le conozco de sobras. Al que le diere un beso en la boca, ese es el Jesusín”. Todos sonreímos por lo bajo. Algo habíamos oído.

Alder, el periódico

    Suelen dejarse caer por aquí los sábados a eso de la una o una y media del mediodía. Y, cuando vienen, vienen todos, como en manada, dicho sea sin ánimo de ofensa: la señora Asun, don Rogelio - bueno, don Rogelio no es que aparezca por “El Continental”, es que no lo abandona nunca -, el señor Boy con su mujer y su hija que ya tiene seis años, ¡como pasa el tiempo! y, naturalmente, el ex-director del periódico y su colega el señorito Oriz. Ahora que lo pienso, es curioso que me salga tan natural el tratamiento de usted, con lo normal que me parecía antes el tuteo. Pero, en fin, a lo que vamos. Aunque lo negarían si alguien les preguntase, vienen por lo mismo que venía yo antes de trabajar aquí, vienen a comprobar que todo sigue igual, vienen a hacerse cruces, a confirmarse en la estúpida opinión de que todo es cosa del diablo, vienen a poner verde al pobre Alder y a echarle la culpa de todos los males que les han acaecido. Vienen por la cosa de la nostalgia.
     Yo no se quién o que cosa será Alder ahora, pero si les puedo decir que, cuando llegó por vez primera, era un hombre (o, si se quiere, un muchacho) tímido, incluso apocado, que apenas si se atrevía a enseñar el título de periodista que le asomaba del bolsillo de la chaqueta y que no daba en absoluto la impresión de querer comerse el mundo. Era más servicial que trepa, si puedo decirlo así; lo que hacía, lo hacía por echar una mano, no para zancadillear a nadie, ahora estoy seguro, tengo que estarlo porque si no, me sentiría ética y profesionalmente despreciable. Si es que ya tenía el mal dentro, él no era consciente y, a pesar de todo lo que hizo, no se le puede culpar tan a la ligera. No se, quizá el sistema o vaya usted a saber qué, pero no él, no conscientemente, ya digo. Y la prueba está en como acabó la cosa. ¿A quién le puede interesar, por ambicioso que pueda ser, acabar como Alder? A ver, ¿a quién? Así que, ya digo, para mi que su predisposición no era premeditada. Ya digo, cuando el jefe de redacción nos le presentó, el chico bajaba la cabeza, como abrumado por nuestra reputación y nos tendía la mano, como pidiendo limosna, no sintiéndose digno de nuestro apretón. Uno a uno le fuimos saludando y nuestras frases del primer día no pudieron ser más cordiales. Desde el escueto, aunque cariñoso “bien venido al barco”, hasta el “tu tranquilo, que aquí no nos comemos a nadie”, no hubo un solo colega que no le dirigiese una frase de saludo amistosa. Desde luego, era el nuevo y no iba a comenzar por el artículo editorial, pero tampoco empezó por las necrológicas. No un puesto de responsabilidad, pero se le adjuntó al área de internacional. Al parecer hablaba un par de idiomas y, además era el segundo de su promoción, así que no era cuestión de humillarle en un periódico progresista como el nuestro. No era nuestro talante: desde el director hasta el último mono, creíamos seriamente que la sangre joven no podía sino beneficiar al rotativo.
     Al principio la cosa marchó bien. Aunque a esas alturas aun no nos dábamos cuenta cabal, he de decir que demasiado bien. A veces el jefe del área de internacional se enfadaba con él, aunque era a nosotros a quienes nos lo comentaba, no directamente a Alder. Quizá ese fuera el primer error. No haberle puesto los puntos sobre las ies desde el primer día. Llegaba el jefe de internacional, como tengo dicho y me decía:” ¿sabes lo que me ha hecho ese niñato hoy, Jaime? Pues no voy a desayunar y cuando vuelvo resulta que mi artículo del Golfo está corregido y en máquinas. Y eso que lo dejé sobre mi mesa aún sin firmar”. Pero como yo le decía con cierta chanza: “hombre, si no ha llegado al límite de poner su rúbrica, la cosa no es tan grave”. Además, al parecer, las correcciones eran precisas y puntuales, demasiado puntuales, diríamos ahora, así que el jefe de internacional, Pedro Andrés Oriz, lo dejaba estar sin llamarle siquiera la atención.
La primera voz de alarma seria, la dio, pero no le hicimos caso, la señora de la limpieza del área de exteriores. Yo, al principio, me reía de ella, cariñosamente, se entiende - le decía, por ejemplo:”vamos, Asun, no te me pongas así, el chico tiene buena intención” -, pero cuando se produjo la tragedia, empecé a preocuparme.
     Aquí debo hacer un inciso: soy, era, quiero decir, el más antiguo de la redacción. Conocía bien a todo el mundo y además no tenía jefatura en ninguna sección ni área, así que, en cierto modo, había establecido unas relaciones sociales de amplia base en la oficina, que no se limitaban a mis colegas de profesión. Desde el conserje al director se sentían casi obligados a contarme sus cuitas personales y laborales. Así Asun, la mentada señora de la limpieza.
     Y continúo. Al principio creí que la mujer no estaba bien de la chaveta. Cuando se lo cuente, ustedes, tal vez, piensen lo mismo. Por ejemplo, su primera queja consistió en comentarme en la maquina de café que el “nuevo señorito, ese joven tan prometedor, como dice usted, -de tu, Asun, de tu- ¿se querrá creer que no mancha nada? Ni el cenicero de su mesa - bueno, mujer, si no fuma - no se me haga el gracioso don Jaime, -de tu, coño, Asun- ni la papelera. Ni un marquito de vaso de café en la madera. ¿Eh? ¿Que le, te parece?”. A toro pasado es fácil deducir lo que faltaba por venir, pero estarán de acuerdo conmigo en que, con tan poca información, era imposible entonces intuir los derroteros que el asunto iba tomando. Así que me limité a contestarle:”Pero vamos a ver, Asun, ¿cual es el problema?”, pensando que la dejaría sin respuesta. “¿Es que no lo ve(s)? Ningún hombre es tan limpio. ¿No lo entiendes?”. Evidentemente no lo entendí. Me limité a aplicar mis clichés habituales. Creí entender que la Asun estaba disgustada porque Alder era, presumiblemente un cocinillas, y a ella le molestaban los cocinillas méteme-en-todo  y no le presté mayor atención al asunto.
     Dos o tres semanas más tarde, la señora de la limpieza cayó enferma y pidió una baja de seis días. No era grave. Una gripe mal curada, no había de qué asustarse. Pero el asunto fue que, durante su enfermedad, Alder empezó a comportarse de manera extraña, extraña entre comillas, claro, a estas alturas, quien más, quien menos, todo el mundo se va enterando de que va el asunto Alder. Además de hacer su trabajo y corregir el de sus colegas - ya no solamente el jefe de exteriores, incluso el que estaba encargado de resumir simplemente la información de teletipos, le pedían ayuda en la ortografía y estilo - se ponía a cantar mientras limpiaba las mesas de sus compañeros y el suelo de la sección que, no se lo pierdan, era de mil metros cuadrados.   Todos los días, mientras duró la baja de Asun y hasta dos veces por jornada, pasaba la fregona, le daba Ocedar a la madera y arreglaba los papeles de todas las mesas. Alegaba que no podía soportar la suciedad y yo naturalmente que me lo creo. Pero, como dije, se produjo la tragedia. Cuando la pobre Asun volvió al periódico, todavía con algo de fiebre y  moqueo, se encontró con la carta de despido en los lavabos. Vino hasta mi mesa, me la enseñó y susurrándome un “¿lo ve, Don Jaime, lo ve?”, se despidió con lágrimas en los ojos y un beso en la mejilla. Empecé a cavilar y, ¿porqué no decirlo?, a moverme por todas las secciones. Pero en exteriores fueron inflexibles. El muchacho no tenía la culpa, ella se lo había buscado, y además solamente era una señora de la limpieza. Que siguiera Alder limpiando, si tanto le gustaba. No hacía mal a nadie ni cobraba por ello y era un excelente compañero. No hubo forma de que me dejaran tomar medidas.
     El siguiente en caer fue Rogelio Armendariz. Siempre le había gustado beber más de la cuenta, es cierto, y últimamente se le veía poco por la redacción. Ya antes del despido era comidilla que sus artículos se los hacía Alder bajo cuerda. He de decir aquí que el muchacho jamás se fue de la lengua. Otros lo hicieron por él, quizá, o, simplemente, el redactor jefe notó el cambio de estilo en los artículos, no sé, pero el chico era inocente y solo quería ayudar a un colega. El caso es que el director lo echó sin contemplaciones - y sin indemnización - y Alder, ya con su propia firma, se puso a hacer el trabajo de los dos oficialmente. Además de limpiar y corregir, como siempre los trabajos de sus compañeros. Cuando fui al Comité de Empresa, no quisieron saber nada. Alder era un compañero, “¿que quería, ir a por él?”. Lo sentían mucho por el pobre Rogelio pero tampoco era un secreto lo de su dipsomanía. Y había sido advertido más de una vez  Me enteré, además que Alder se había sindicado y echaba una mano en los asuntos del Comité. Poco a poco empecé a asustarme. Pero me daba la impresión de ser el único en comprender lo que estaba pasando.
     Cuando Arturo Boy pidió permiso de boda por quince días, nos adjudicaron a Alder como suplente. Aquel hombre no descansaba nunca. Y también en nuestra área empezó a limpiarnos las mesas, el suelo, corregir los artículos amablemente, ordenar nuestros papeles,… No podíamos negarnos. Era tan amable. Por ejemplo, te venía y decía:”Pero, bueno, Jaime, ¿como puedes tener esto así? Anda, deja, deja, ya te lo arreglo yo, no te preocupes.”. Y lo hacía. Por supuesto, el Arturito, al volver de su permiso, se encontró, como no podía ser menos, con una carta de despido sobre su mesa.
     No les aburriré con el anecdotario completo del asunto Adler. Pero permítanme una última historia antes de acabar con esto. Un día, cuando ya estábamos casi todos despedidos, se presenta el director del periódico - el ahora ex-director - en “El Continental”. Me chocó verle, porque él siempre iba al garito de enfrente, un poco más lujoso. Aunque me hice el despistado, esto no le arredró en lo más mínimo. Me ve, me saluda efusivamente, demasiado efusivamente y con algo de ambigua tristeza en la mirada. “¿Que opina de Adler, Jaime? - me dice - se que usted quiso ir a por él, antes de que todo esto pasara”. “Yo nunca he ido a por nadie - le respondo - simplemente, sabía lo que iba a pasar, las personas no somos tan diferentes, por cierto, ¿quiere una cerveza, jefe?”.”No, gracias - me responde - ¿sabe la última, amigo Jaime...¿puedo llamarle así ? Pues me acaban de llamar del Consejo de Administración. Quieren que presente la dimisión. ¿Y sabe por qué, eh, sabe por qué? Pues, simplemente, porque anteayer dejé que fuese el propio Alder quién se ocupase de despedir por mí al Jefe de Redacción, porque pensaba nombrarle a él en su lugar. Y ahora va y me hace esto. ¿Que le parece? Mi dimisión, después de tantos años de servicio”.
     Yo, como vengo todos los días, ya casi no presto atención. Casi, casi, me parece hasta lo más normal del mundo. Pero mis antiguos compañeros, cada sábado antes de entrar en “El Continental”, se demoran fuera - les veo desde los cristales de la cafetería que dan a la calle Pizarro - observando el edificio del que fue su lugar, nuestro lugar de trabajo tantos años y prestan oído a todo : al ruido de los muebles, al de las máquinas de escribir y las linotipias, al de las rotativas, al que producen los motores de los camiones de reparto cuando salen a distribuir el periódico por los quioscos - un millón de ejemplares diarios - y se miran atónitos. Pero ¿quién busca la noticia, quién la escribe, quién conduce los camiones, quién reparte los ejemplares, quién los vende? Saben que es Alder y que está solo para todo. Lo saben, pero cada fin de semana vuelven para mantener la fe. Luego entran al bar y se ponen a despotricar contra él. Yo, generalmente, no me inmiscuyo. Sólo cuando veo que a la señora Asun se le empiezan a salir las venas del cuello, me decido a meter baza y les cuento mi caso para calmar los ánimos. “¿Es que no soy yo como Alder ? ¿Es que no somos todos un poco como Alder? ¿O acaso sabía yo - por poner un ejemplo -, cuando recogí aquella cucharilla que se le cayó a la señora Asun - recuerda, señora Asun, a los dos días de que me despidieran a mí también - y la deposité amablemente en el mostrador, que me iba a convertir en el encargado de camareros de la cafetería El Continental? ¿eh?”. “Pero eso es distinto, coño - me contestan todos al alimón - lo tuyo fue un acto reflejo, Jaime, no jodas y lo de Alder....lo de Alder... ¡puff!”. Se que no hay forma de convencerles y tampoco lo pretendo. Pero consigo serenarles y que se pongan a hablar de otras cosas. De la educación del niño del señor Boy, por ejemplo, o de como convencer a don Rogelio para que beba un poco menos. Luego hago una imperceptible señal al camarero, un voluntarioso joven recién entrado, que se hace llamar Luís y que me recuerda algo a mí, para que les llene de nuevo los vasos.  “A cuenta de la casa”, les dice, porque sabe que soy yo quien da la aquiescencia. Es una forma de asegurarnos que volverán el próximo sábado. Necesitamos clientes fijos y además, ¿que voy a decirles a ustedes?, les echo en falta. Fueron mis compañeros. También yo soy, a mi manera, un sentimental. Aunque, por supuesto, me cubro las espaldas con respecto a Luís: no le consiento que haga nada, absolutamente nada, que no haya quedado perfectamente reflejado como obligación del cargo de camarero en el convenio colectivo vigente.

Diálogo entre Hermes y Sísifo

- Soy la Muerte y vengo a por ti, hijo de la Gran Puta
- ¿Cómo? ¿Qué?
- Que soy la Muerte y vengo a por ti, ¡hijo de la Gran Puta!
- Esa voz,… esa voz… ¿eres tú, Hermes?
- eh,… ah… que soy… que, que… y vengo a por… hijo de…
- Hermes, joder, que susto me has dado, hostias
- eh,… no, que yo,… que vengo…
- Acércate, hijo mío, deja que te palpe, ¿no ves que tengo vacías las cuencas de los ojos?
- pero,… pero esto es ridículo, yo,… yo…
- Eres Hermes, ¿no?
- sí,… yo,… ¿nos conocemos, señor?
- ¡qué señor ni que señor!, ¿es que no me reconoces? ¿Tanto he cambiado? Bueno, imagino que tu tampoco… en fin, he oído el ruido de tu bastón y el arrastrar de tus sandalias… Pero, ¿eres Hermes, no?
- ¡que sí, joder, que soy Hermes, leche y he venido…
- a por mí, que soy un hijo de la chingada, lo sé. Esa retahíla te la enseñé yo, joder. ¿Pero es que no me ves?
- ejem
- ¿no me irás a decir que tu también te has quedado ciego?
- eh, bueno, yo sí, eh… bueno, vale, abreviando,… ¿es usted Sísifo el rico sí o no?
- así me llaman, sí
- pues entonces se lo diré por última vez: Soy la Muerte y vengo a por ti, hijo de la Gran Puta
-sí, comprendo. También me llaman Hades
-¿tío Hades?
- Ya era hora, sobrino. Por poco no lo cuento.
- tío Hades, yo,… lo siento, lo, lo… siento mucho, yo…
***
- pero, ¿entonces, no le has traido?
- verás primita Perséfone, es que…
- te lió, como siempre, no me digas más
- Yo al principio no le reconocí y…
- y te lió y te lió y te lió, como siempre. Maldito bastardo. ¿Desde cuando Sísifo es mi marido? ¿Eh?
- No sé, prima. Es que todo esto de los mitos y los dioses y los... es tan complicado…



Ilustración por gentileza de Camelia Davidescu

Citas de Fernando Lázaro Carreter

  • ¿Sabe usted que hay totalidades teóricas? Comparto su ignorancia, pero ha de haberlas, puesto que las hay prácticas. Los medios de comunicación, los políticos,los profesores, los letrados, los predicadores, las gentes todas que deben de saber lo que se dicen, proclaman incesantemente su existencia: "La práctica totalidad de los ciudadanos..."

Novedad en DVD

      Jackson Pollacs empezó pronto a dirigir. A los catorce años ya disponía de una cámara de vídeo con la que pudo realizar sus primeras experiencias audiovisuales, con sencillos argumentos en los que no faltaba el juego escénico de médicos y enfermeras, tan habitual entre primitos. Se le reconoce habitualmente buen ojo para la composición y un cierto dominio en la dirección de actores, especialmente de Alistair MacPilas, siempre eficaz, aunque algo envarado, y la profunda, abismal, Susan Vaguins, a los que siempre se ha mantenido fiel. Suele rodearse de técnicos de probada eficacia, entre ellos, su esposa y montadora preferida, Anita Coñines y el reconocido fotópornógrafo Raúl Entredosaguas, de exquisita sensualidad en la captación de matices procaces. Su primer vídeo comercial, ‘El maestro que da grima’ apuntaba maneras de buen hacer, con originalidad en el tratamiento de asuntos tan manidos como el del sesenta y nueve y el coito con menores. ‘El sargento Pollatriste’ –el título no hace justicia al falo continuamente enhiesto y juguetón de Alistair MacPilas ni al de su segundo, Íñigo el Babosa- es su novena producción para adultos y quizá la mejor de su videografía. Apostando decididamente por el 3D, sale airoso, en general, de la prueba. Magnífico plano subjetivo, por ejemplo, el de la diuca de MacPilas visto desde el interior mismo de la húmeda gruta de la Vaguins en la tercera de las diez cogidas del vídeo, con sus mareantes acercamientos y alejamientos de o a cámara, hasta el extático final de la secuencia en que el tomavistas salta de nuevo al exterior, junto con el semen de MacPilas, recobrando la compostura y la flacidez original. Seguimos echando de menos, no obstante –y es un reproche que debemos seguir haciéndole- una mayor variedad argumental y un tempo más sosegado en los prolegómenos de los sucesivos coitos que, de tan seguidos, no dan tiempo a la recuperación del espectador. Que Susan Vaguins siga interpretando a ingenuas colegialas con trenzas a sus cincuenta y tres años para seducir a su amante habitual, MacPilas, suena, después de las nueve producciones anteriores, a déjà vu, en el que los corrimientos seménicos de su protagonista incluso llegan a verse venir por anticipado, restando el necesario suspense, amén de causar una cierta hilaridad que llega a distraer al espectador del enjundioso contenido. A destacar, entre el excelente elenco de vergas y brevas secundarias, la de la joven, jovencísima, Angelines Coñiflor que, a pesar de su inexperiencia interpretativa, consigue trasmitir al espectador el morbo inherente a sus trece primaveras y está llamada a ser, sin duda, la sucesora de la Vaguins en su papel de colegiala y la del no menos adolescente y bien dotado actor Lopene de Verga, ambos debutantes. El sonido directo, repleto de matices afrodisíacos, completa un vídeo que, si no tan redondo como hubiéramos podido esperar de la probada eficacia de Jackson Pollacs, se ve con agrado, simpatía y excitación. El DVD incluye innecesarios subtítulos en español, checo, latín y francés, partición en escenas y los habituales extras “make off”, fichas técnicas y una segunda pista de audio con los comentarios del director en inglés (sin subtitular). Viene con un primoroso condón retardante estriado, tanto exterior como interiormente, talla XXL de sesenta y nueve mm. de diámetro, aunque se puede cambiar por otro más pequeño, de hasta cincuenta y siete mm., con sabores fresa o chocolate, y un paquete con diez toallitas de papel, una por chingada o moje.



Ilustración por gentileza de Camelia Davidescu

Adivinanza

Yo soy la gran pupila de todas las miradas:
devuelve sutilmente tus ojos al silencio.
Yo soy el laberinto que oculta al Minotauro:
Indaga en las palabras que rinden tu poder.
Yo soy la mano trémula que extiende sus falanges:
exige esa otra mano que leve te sonría.
Yo soy, de los olores, el más sutil perfume:
deshaz en lo secreto y anuda en lo aparente.
Yo soy la enorme boca que se abre sin cesar:
tantea entre los dientes un pálpito sensual.

Yo soy la esencia oculta de todos los sentidos
que encuentran en lo arcano el oro del crisol.




Ilustración por gentileza de Camelia Davidescu

El laberinto sagrado

Ariadna conocía bien el laberinto. En verdad, todas las princesas de la Casa Real se lo sabían de memoria y con los ojos cerrados. Dédalo había diseñado los planos atendiendo escrupulosamente a los pasos del baile ritual de las muchachas casaderas y ninguna podía ignorar por tanto los precisos que habían de darse para acceder al centro mismo, al inexistente centro mismo, del meandro de Cnosos: dos a la derecha, nada más entrar, tres a la izquierda, dos al frente, etcétera. Pero Teseo, un ateniense, no sabía danzar al estilo de Creta ni era un hombre especialmente dotado para el baile ritual, así que Ariadna tuvo que proporcionarle un hilo que dijo ser mágico. Con su ayuda, el héroe podría entrar en el laberinto, perderse en sus infinitos vericuetos y salir cuando lo deseara sin más que ir recogiendo y soltando hilo a voluntad, aunque, naturalmente, no le permitiera hallar el punto mismo donde se alojaba el Minotauro. En el fondo se trataba de una argucia, dispuesta por la propia Ariadna para engañar a su padre Minos y poderse casar con el hermoso joven ateniense a pesar de los celos paternos. Teseo entraría en el laberinto, mataría al supuesto monstruo y, saliendo victorioso, reclamaría la mano de la princesa, no pudiéndole ser negada por el amante padre de la joven, porque así lo exigía la ley.
Ariadna sentía que su corazón se desgarraba por la espera. Las horas pasaban y el hilo se alargaba más y más. De pronto se oyó, lejano pero nítido, un grito de dolor. Provenía de muy dentro del espacio. Ariadna no sabía si alegrarse o morir. Alegrarse de la magnífica interpretación de Teseo, si es que el bramido formaba parte de la mentira; morir si en verdad el lamento del amado obedecía a un dolor auténtico.
Cuando finalmente el héroe salió incólume del laberinto, Ariadna se alegró y fue a abrazar a su nuevo prometido, pero, enseguida hubo de retirarse, presa de una extraña desazón. La hoz de bronce de la que había entrado provisto el ateniense así como sus manos velludas, estaban manchadas de sangre. Ariadna miró a los ojos de Teseo, pero este se mostró inexpresivo y no quiso devolverle la mirada, sino que, dirigiéndose directamente al rey Minos, reclamó, sin más, la mano de La Princesa Real. “El Minotauro yace muerto en el centro mismo del laberinto. Se ha cumplido la ofrenda de sangre” y mostró la hoz ensangrentada y el prepucio del monstruo. El rey no tuvo más opción que darle su hija en matrimonio.
Ariadna sabía que Teseo, al no conocer los pasos de la danza, no podía haber llegado al centro –inexistente- del laberinto. Sabía también, quizá, que el Minotauro no existía, que aquella sangre solamente podía ser la del propio héroe y vagamente empezó a comprender, a pesar de que la piel de león que cubría al joven le impidiera apreciar debidamente la gravedad de la herida de su amado. Pero la ley sagrada no le permitía echarse para atrás, así que, sin más dilación y sin decir palabra, besó por última vez a su padre, recogió sus cosas y marchó con Teseo, camino de Atenas.
Al desembarcar en Naxos, un hito del regreso, la Princesa repudió al joven y le dejó partir en libertad. Él no entendía. ¿Qué había hecho mal? En el interior del laberinto no había monstruo alguno. De hecho ni siquiera había un laberinto auténtico. A cada paso, marcas en el suelo, perfectamente visibles, le iban llevando de la entrada a la salida, sin centro alguno por el que pasar. Y con todo y con eso, ¿no era preciso mostrar sangre, alguna sangre, y una prueba fehaciente de la destrucción de la hombría del minotauro, para dar mayor verosimilitud a la confabulación? ¿Y que mejor sangre que la suya, la del propio Teseo, la provocada por su voluntaria emasculación, el mejor sacrificio posible que ofrendar a su amada, la más bella de las mujeres?




Ilustración por gentileza de Camelia Davidescu

Glosas a "Poemas" de Pedro Juara Cerrato

Prólogo

La grandeza de un poeta no se mide ni por la elaborada técnica de sus versos, ni por los asuntos que traen a colación, aunque sean grandes temas -como el amor y la muerte, tratados con asiduidad y sabiduría en el libro de poemas de Pedro Juara- sino, sobre todo, por la impronta que dejan en el alma del lector. No sé que marcas habrán dejado los poemas del libro que me ocupa en el corazón y el alma de sus familiares y amigos. Imagino que inmensa. Sólo puedo hablar por mí. La misteriosa manera en que su atenta lectura me ha movido a escribir las glosas que siguen, es elocuente testimonio del influjo que esta colección de poemas ha ejercido sutilmente, como sin quererlo, sobre mi adormecida vocación poética.
Este librito es un humilde y muy sentido homenaje a mi buen amigo Pedro Juara Cerrato, padre, a su vez, de otro muy buen amigo, Pedro Juara Colomer.

Con tintes de gran maestría,
Don Pedro, el padre de Pedro,
ha escrito un libro de versos.

Fabulillas y elegías,
retazos de sus recuerdos,
sentimientos, galerías,
algún que otro sofocón,
surgen de versos sencillos,
compuestos con tal cariño,
que llegan al corazón
del lector más entumido.

Aunque glosar no es lo mío,
ni hacer que rimen los versos,
me inspiran los de Don Pedro
para hacer este refrito
que quiere ser homenaje
a sus veintisiete cantos,
y aunque yo no escriba tantos,
haré que todos encajen.

Y ya sin más dilación,
empecemos por “el verbo”,
que es la primera canción.

I    Al poema “Madre”

Una palabra, “madre”, que de sujeto -y gracias a la magia poética, a la sencillez en la dificultad, de Pedro Juara- se transforma en verbo ya en la segunda línea del poema. El resto de él deambula entre los extremos de mantener la palabra como verbo o devolverle al cajón de los nominativos -nombres que apenas consiguen evocar de cuando en cuando un leve recuerdo. En mi glosa a su poema me decanto claramente por la divinidad eterna del vocablo como verbo... intransitivo.

Madre no es verbo, es “el verbo”,
como el de San Juan en Patmos
y así lo dice Don Pedro
al aseverar, sin miedo,
que esa palabra nos llena
cual lo que es, como “el verbo”.

En cambio, no estoy de acuerdo,
mi muy querido Don Pedro,
en que, al marcharse la madre,
la esencia de este vocablo
se quede sólo en recuerdo.

¿Es que no ve usted “el verbo”
reflejado entre sus nietos?.
¿No le susurra al oído
entrañables sentimientos?

¿No le inspiró “el verbo” madre
este poema tan bello?.
No queda sólo el recuerdo.

II   Soneto a “Otoños en Soto”

¿Qué tenía y tiene Soto del Real? Buena gente, para empezar. Paisajes incomparables, después, y paz, que ayuda a la meditación si es que no la crea. En Soto del Real hacíamos Pedrique y yo nuestras películas en Súper 8 y nuestras proyecciones públicas, siempre bajo el mecenazgo de Pedro Juara, la primera persona que nos prestó su cámara –todavía de ocho milímetros, sin el “súper” que suena a gasolina- y su esposa Loly que acogía y acoge a los amigos de sus hijos como si fueran sus propios vástagos. ¿¡Cómo no añorarlo!? Y más aún tras la lectura del maravilloso poema de Don Pedro.

Lluvia dorada de las hojas secas
que, además de alfombrarme, me iluminan
y me dan su calor y me rastrillan
anunciando una nueva Primavera.

A las nubes les crecen siluetas:
formas puras de pájaros que emigran
o quedan presos en la red, tendida
por hombres con afanes de grandeza.

Todo es pentagrama y es sonrisa
en pájaros y en rosas que reflejan:
en su querer quedarse nuestra queja,

en su imparable emigrar nuestra prisa.
Y así en mi Soto, que el amor contempla,
ara mi mano el frío que me incita.

III Al poema “A ti, joven”, que dedicó a su nieto Oscar

No sé cómo me salió de corrido esta glosa. Sólo sé que jamás me habría atrevido a soltártela así, a la cara y, encima con ribetes de mofa. No me gustó, debo confesarlo, el tono de hombre viejo, más que curtido, cansado, en un poeta como tú, tan vivo en su quehacer cotidiano. Creo que es la primera vez que te tuteo, a pesar de todas las veces que me lo has dicho por activa y por pasiva. “¡Jaime, por favor!”. En esta glosa me atrevo y esto no tiene marcha atrás.

Perdone usted, señor don Pedro,
que siga hablándole de “usté”
y además diga “vueced”
…pero ¡es que es usted tan viejo!…

Está bien decirle a un nieto
que el progreso se construye
y “de la pereza, huye”…
Pero… aplíquese “usté” el cuento.

Tú has abierto nuevas vías,
no los trenes a vapor.
No me vengas, por favor,
con que has “dejao” de ser guía.

Ni me vengas con pamplinas
ni te las des de mayor,
tú eres muy joven, bribón,
déjate de bobadinas.

Eres oro, eres fluidez,
eres montaña, eres viento,
eres pájaro, no asiento…
…o ¿prefieres el “vueced?”

IV Al airado poema “Pirómanos”

Extraña glosa. Frente al potente verso -lleno de ira justificada- del original, a mi me salió este a modo de juego de palabras sin relación aparente con el poema de Pedro Juara.

Llama por llama es la llama
que se extingue y ya no es nada.

Llama cínica se llama
a la llama que se inflama
sin llamear a la cima
donde la llama le llama.

Llama irónica se llama
a la llama que se arrastra
por sobre el suelo de paja
llameando hasta ser brasa.

Llama con ira se llama
a la llama que nos quema
sin llegar hasta la llama
que con ansiedad nos llama.

Llama de amor es la llama
que, sin querer nos inflama
y, al fin nos convierte en llama
que va hasta donde la llaman.

     V Al poema “Recuerdo”, escrito en memoria de otro Pedro, su cuñado

Sólo recuerdo de él su muy cuidada educación, su no levantar la voz más de lo debido, incluso en discusiones de cierto calado. Su sentido del humor, entre irónico y socarrón, me recordaban al del propio Pedro Juara, al punto que pensaba, también por cierto parecido físico, que eran hermanos. Pero, no. Era el marido de una hermana de Loly tan dulce y cariñosa como la propia Loly. Con esposas así, es normal que ambos Pedros fueran como eran: amables y muy respetuosos con los adolescentes que éramos entonces. Y esto sí era sorprendente. En una época en que a los jóvenes se les trataba casi como a niños, tanto Pedro Juara como su cuñado nos escuchaban y nos hablaban como a sus iguales, sin guiños de superioridad.

“Pedro es piedra:
en esta piedra
yo fundaré mi iglesia”.
¿Qué tiene el nombre de Pedro
que es más que nombre, es esencia?.

Pedro y piedra:
la firmeza,
espíritu de nobleza.
Cuidadoso en la amistad,
con rectitud y justeza.

Pedro y piedra:
la riqueza
de la amistad verdadera;
inquebrantable lealtad
hasta que la muerte llega.

Pedro es piedra,
una verdad
que ni la muerte se lleva.

VI  a “Fue una Primavera”

 Aunque parece evidente que se trata de un poema de juventud dedicado a su esposa Loly, su intemporalidad permite que cada cual pueda, inspirado por él, construir su propia historia. Es lo maravilloso, no de este poema en concreto, sino de casi todos los que componen su libro.

…Y la nostalgia vuelve;
ese dulce,
triste sentimiento
de ya no estar y casi estar al mismo tiempo.

Esos olores tan nuevos,
esos olores tan viejos,
de espliego, romero y menta
que nos trae la primavera.

Y un poco más y aún volverá a ser nuestro
ese cruzar las miradas
y ese robarte un beso
de joven enamorado,
de adolescente pretérito.

Y un poco más, no te vayas.
Y ya se fue… y es recuerdo.

VII Al bello poema “Naturaleza”

 Parece tan fácil, en el poema de Pedro Juara, descubrir la belleza de lo sencillo. Pero es proeza que sólo él y algunos pocos más consiguen. Porque, para empezar, solamente un sabio puede llegar a la conclusión de que, por ejemplo, “ver como crece la hierba” es un acto sencillo. No lo es. Se precisan unos ojos muy entrenados. Pero lo pone todo tan fácil Pedro Juara…

Con tal sencillez escribe
sobre la Naturaleza
que descubrir su belleza
parece cosa de “pibes”.

Ver al sol, como se eleva
y dejar que te ilumine;
y así, cuando, al fin, decline,
verte envuelto en su tibieza.

Dejar que el río te mime
con su eterna cantinela
y dormirte en su ribera
dejándole que te guíe.

Soñar despierto es proeza,
sólo el grande la consigue:
él ve una senda, la sigue
y el camino le aconseja.

Ver como el humo en la hoguera
se vuelve nube, se extingue
-porque así ella lo decide-
contra el cielo que la alberga.

Es muy fácil, eso dice,
Don Pedro en este poema,
amar la Naturaleza
y ser amado por ella.

VIII Al poema “Navegar sin rumbo”

Se atreve Pedro Juara en este poema con los autores clásicos. La barquilla de Lope de Vega, los caminos en la mar de Antonio Machado. Repite casi literalmente sus metáforas y, de pronto… Otra vuelta de tuerca a la sempiterna comparación entre nuestras vidas y una barca de vela a merced de las olas. Precioso.

La barquita como espejo
de nuestro propio pasar
que nos lleva donde quiera
y hasta nos hace escorar
ya lo cantó un gran poeta.

El camino como estela
que dejamos en la mar.
Que el piélago ahogue las penas
y las haga naufragar
ya lo cantó un gran poeta.

Dejar que los pensamientos
tomen las velas del barco
y las transformen en alas
con las que poder volar…

Ha nacido un gran poeta.

IX A “Mi infancia”

De Antonio Machado a una paráfrasis de García Lorca, pasando por Pedro Juara. Eso es esta glosa, que pretende ser un homenaje al río Henares concediéndole la primacía, siquiera sea humorística, sobre el que vio los primeros pasos del poeta sevillano. No considero, por supuesto a Pedro Juara un poeta como Machado. Ni es mi intención compararlos, ni a ellos les gustaría. Ninguno es poeta “competitivo”. Pero me gusta el casticismo de echarle un envite al Guadalquivir. 

“Mi infancia son recuerdos
de un patio de Sevilla…”
La mía me bautiza
con agua del Henares
y pasa por el sueño
de ver en mí a Cervantes.

“Mi infancia es un pasillo
y al fondo una cocina.
allí mi madre guisa
y el guiso, con su olor,
rellena mi vacío
con su infinito amor”.

Mi infancia es mi terruño,
da igual como se llame.
Pero si está en el Henares
y su nombre es Alcalá:
Guadalquivir, ¡ya no hay mus!
¡órdago a la grande!¡Va!

X Potpurrí sobre cuatro fábulas

En las cuatro fábulas que me dispongo a glosar, reconocemos al Pedro Juara de toda la vida: irónico, guasón a veces, con una filosofía del estar en este mundo entre idealista, espiritual y pragmática. Narración veloz y amena de hechos y dichos.

Brobio, Esopo, La Fontaine,
Iriarte y Samaniego:
no había más en el retén
de fabulistas eternos…
Y, en esto, llega Don Pedro
y, sin nada que envidiar
a poetas tan egregios,
narra en fábulas sin par
los caminos del consejo:

el del asno es el primero:
sacamos agua al andar
con nuestro paso sereno,
dando vueltas sin parar,
siempre en el mismo terreno,
para poder ayudar
a la tierra en sus esfuerzos.
Es el destino: ser hombres
no es andar tras mil quimeras,
es ayudar a la tierra
con trabajos y sudores.

Ahora vamos al segundo
consejo con corazón:
el cazador y el cazado.
En este tan ingrato mundo
si el cazador es el gato,
o la serpiente pitón,
sólo le queda al ratón
llegar con ellos a un trato:
“no me comas, por favor”
-pudo haber dicho, ladino
el ratón- “mil pajarillos
te daré cada verano”
Y así, también el ratón
se habría vuelto cazador.




Dos cazadores se encuentran
llegado el tercer relato:
un perro fiel y un mal gato
que charlan mientras pasean.
Ya los dos se han convertido
en esclavos de su amo.
el gato se ha vuelto un vago,
el perro aún sigue su instinto.
El gato se hace querer,
el perro caza y vigila.
El gato, ¡que buena vida!
y ese chucho ¡a obedecer!.
La moraleja es de Lepe:
de no cazar para uno
es mejor rascarse el culo
que lamerle el culo al jefe.

Llega la última conseja
y no sabemos decir
que es mejor: si una vez mil
huevos sobre la mesa
o un solo huevo sin fin.

El propio Pedro vacila
en dar una solución;
pon diez mil si eres gallina
y, si avestruz, un huevón,
pero con pan,…por favor.

XI  Soneto a “Brotes de pervivencia”

“…..y así hasta la Eternidad”. El final resume de manera impecable todo el contenido del poema. Poema denso, con dos partes que, aunque diferenciadas claramente por el distinto espíritu que las mueve –una primera parte pesimista y la segunda de un hermoso optimismo mágico- no permiten al lector encontrar el punto exacto de fractura. En mi soneto no he podido llegar a su altura. Sólo he recogido lo optimista.

Como el Fénix, lo nuestro es renacer,
mas no en la forma actual, perecedera:
sí en forma de semilla, al fin madera;
sí en forma de simiente, sin saber:

¿se hará firme el retoño en su crecer?
¿se hará dura o blanda su corteza?
¿minará el fiero viento su entereza?
Eso es sólo y será cuestión de fe.

Y así germina el brote en Primavera,
no sabiendo y sabiendo qué semilla
ha plantado el amor sobre la tierra

para ser, entre tanta maravilla,
uno más, otro germen en la eterna
rueda sin fin que mueve toda vida.

XII A “Elegía del botijo” y  “Adios a la peseta

Una elegía que no es tal –el botijo goza de buena salud, al menos por tierras leonesas, donde aún se fabrica- y un adiós definitivo, forman un par entrañable en el sentir de Pedro Juara. Comparto el cariño por el primero. No así por la peseta y así lo dejo reflejado en esta glosa a dos poemas excelentes.

En qué se distinguen, dime,
el botijo y la peseta;
“en que el primero es eterna
forma que la sed redime.

Aquel que bebe en botijo
comparte el oro que lleva.
si no hay agua, lo rellena
y se lo pasa al vecino.

Si queda un poco, regresa
a las manos que primero
lo pasaron sin recelo,
para que de nuevo beba.

La peseta, en cambio, era
moneda que siempre iba
sin retorno, solo ida,
desde el pobre a la cartera

de valores de algún banco
que lo cambiaba por oro
entregándoselo a otros,
nunca al primer pobre diablo

que lo dio sin recelar
que no iba a volverlo a ver
ni en moneda ni en papel
y se cansó de esperar”.

Porque el botijo es de barro
ofréndalo a Dios, es la ley;
euro, peseta o yen
dadlo al cesar, que es su amo.

Botijo, ¡apagas la sed!
“la pela” no dio respiro.
Lo que el euro ha conseguido
no lo podrá el frigider”.

XIII  A “A tí Loly”

Aunque son varios los poemas inspirados por su esposa, solo tres son explícitos en su dedicatoria: “A ti, Loly”, “Nuestras bodas de oro” y “A Loly un seis de Enero”. Y son muy diferentes. En este primero, el poeta teme una despedida sin retorno. Su frescura en la aprehensión permite entrever un poema de juventud. Yo me he permitido la libertad poética de hacer hablar a Loly al final de cada una de las cuatro estrofas de mi glosa.

“Amor, amor, no te vayas
Y, si te vas, vuelve pronto”.
Le dice Pedro a su amada.

-“¿Dónde sin ti?, no seas tonto”.

“Si te vas te esperaré,
Estoy loco y es por ti”
Y ella le dice, a su vez:

-“no llores, que estoy aquí”.

“Muero en ansias de tu amor
Fuego, pasión, frenesí,
Huracán devastador”

-“Si amo vivir es por ti”.

“Volcán, tormento, mis penas,…
¿quién me podrá consolar
si tu te vas y me dejas?”.

-“Nunca me voy a marchar”.

XIV A “Jardines de Aranjuez”

Sólo comparable en su amor por una ciudad al dedicado a su infancia en Alcalá de Henares. Y, sin embargo, este poema parece incluso más emocionado, aunque quizá no tanto como “Otoños en Soto”, pero, claro, allí había naturaleza y aquí la mano del hombre se observa por doquier. Incluso los árboles se hallan finamente distribuidos por sutiles jardineros para llenar al poeta de nostalgias sin nombre.

El peregrino ilustrado,
nieto de un siglo de luces,
ha llegado.
Contémplame en mis azules
y en mis cielos estrellados;
en los tules
de mi palacio encantado
y en las fuentes que me nutren
con su abrazo.

Soy Aranjuez, la divina
entre todas las ciudades.
Ven y mira
mis tristezas y ansiedades.
Observa como iluminan
soledades.
Contempla mis avenidas
de árboles ancestrales
y camina

bajo mis altos pinares.
Llorando a lágrima viva,
los sauzales
te dirán de mi agonía.
Los plátanos, del viaje
de mi vida.
El rododendro, mi paje,
y olmo y tilo te dirán
mi linaje.

No sólo Apolos y Ceres;
también faunos y sirenas
son los entes
que te dirán de mis penas,
de mis amores y quejas:
mi condena.
Peregrino, ¡a tus quehaceres!
¡Contemplaste mi esplendor!
Y ahora…vete.

XV A “Nuestras Bodas de Oro”

¡Cómo no rememorar, leyendo su poema, otras bodas de oro anteriores, las de mis propios padres! También ellos dos hijos, igualmente varones. El amor mantenido sin apenas esfuerzo, es idéntico. Idéntica la ternura. Idéntico el silencio, cuando las palabras no son ya necesarias.

Paso a paso,
por transparentes peldaños,
el amor se va forjando.

Primer mes:
algo que no se comprende
y en el corazón se prende.

Luego un año:
me acomodo en tu regazo
y en el mío tú, llega un vástago.

Y ahora, un lustro;
algo se forma en lo oscuro.
es otro niño, otro lujo.

Y van diez
años de gran placidez
con un amor sin doblez.

Llega el cobre:
Después un nieto, otro hombre.
No hay hembra en el horizonte.

Ahora plata:
la nieta nos llena el alma
de placidez y de calma.

Y, al fin, oro:
pero antes, otro tesoro
que tú adoras y yo adoro.

Y el platino
nos llegará, si el destino
quiere, en su disponer divino.

XVI A “El olmo” y “Canto al olmo viejo de la glorieta

Dos poemas casi iguales en apariencia y ¡tan distintos! Es lo que siempre sorprende en Pedro Juara. Misma idea, mismo motivo inspirador, casi las mismas palabras y sin embargo…

Hay un antes y un después
en tu amistad con el olmo viejo.
El antes,
un poco antes
de que llegase el gélido invierno.
El después, la primavera,
tras haber platicado con el viento.

No fue un azar vuestro encuentro.
El olmo viejo habló la verdad:
no es el viento
ni su aliento
quién juega según su voluntad.
Para llegar a tu oído
el olmo le cantó su cantar.

Y el viento, siempre obediente,
trajo hasta ti la cantinela:
“No es cierto
que sea el viento
quién juega con mi brote en primavera.
Soy yo quién lo lanza al mundo,
mientras sigo riendo en la glorieta”.

XVII A “Carta a mi hermano”

Casi prosa es este poema. La mitad de los versos no riman, no quieren rimar. Es demasiado dolor. A veces, incluso, se rompe el ritmo en este desbordarse de los sentimientos con los recuerdos más cotidianos. ¿Cómo habríamos actuado de saber que esta era la última vez que comíamos juntos? Poema triste, tristísimo, a pesar del esperanzado final. O, mejor, de ese final lleno de fe.

Ya el teléfono no suena.
Ni hay un quedar para vernos,
ni voces, ni abrazos tiernos.
Ya mi hermano no contesta.

¡Cuánto amor en el poema!
¡Cuánta tristeza en sus versos!
¡Como duele ese “tenemos
que vernos con más frecuencia”!

¡Y cuánta fe verdadera!
¡Y cuánta esperanzada espera!.
Como un bálsamo en la llaga
es el final del poema.

Ya rememoro tu esencia:
caminar del hombre bueno;
Mudar  camino el sendero.
Ya estás aquí, no hay ausencia.

XVIII Soneto al modo de Rubén Darío a “La fe

Y si en el anterior poema de Pedro Juara se abordaba, casi al final, el grave asunto de la fe, en este ocupa todo su largo. Ofrezco en mi glosa un pequeño catálogo, que no se pretende exhaustivo, de dioses posibles para todos aquellos que se vean en la necesidad de inventar uno y no se les ocurra ninguno al que rezar a bote pronto.

No hay solamente un dios entre los mil del olimpo
Como no hay sólo un amor entre los mil amores
Que acechan cada día en todos los rincones:
A la mujer y al hijo, al hermano y al amigo,

Al nieto -¡dios me bendice!- e incluso al enemigo.
No solamente hay un dios. Canto mis oraciones
Al dios contemplativo y al dios de las acciones,
Al dios al que le escupo y al dios al que me humillo,

Al dios que no perdona y al pleno de perdones,
Al dios que me susurra y al dios que me habla a gritos,
Al dios que llevo en mi alma, aun sin tener razones,

Al dios que me espolea y nunca deja tranquilo,
Al dios de mis odiados y al dios de mis amores,
Al dios que veo en la gente y al dios que nunca he visto.

XIX Soneto a “Versos y poemas”

Los ejemplos que Pedro Juara inserta en este poema, no son los habituales, especialmente el del insecto que se inmola por amor. Lo dicho, unos ojos siempre atentos a la captación poética de la naturaleza.

Es poesía todo lo que vibra
al unísono con Dios, el gran maestro.
Es poesía lo que canto y cuento:
lo es porque sigue el ritmo de la vida.

Es poesía el grano que germina;
lo es la muerte, holocausto del insecto.
Y es poesía ese cálido gesto
de suaves manos que nos acarician.

Y lo es andar por caminitos rectos
cogido de la mano, tan querida,
de mi Loly del alma, de mi espejo;

de mi estrella fugaz o ave peregrina,
que se apiadó de mí y quedó conmigo.
Y todo es, en fin, amor, todo es poesía.

XX A “A Loly un seis de enero”

Único poema de la colección que no lleva glosa versificada por mi parte. La razón es bien sencilla. Se trata de una composición íntima en la que el poeta les cuenta a sus hijos como era su madre cuando la conoció, sus sentimientos de la primera vez. Después, en la segunda parte, padre, hijos y nietos desean a Loly un feliz día de su santo. No me atreví, por tanto a meter baza con mis versos en un día tan especial, tan íntimamente familiar.

XXI Casi un soneto A “Convivencia”

Con este canto a su amada Loly, cierra Pedro Juara, de manera ejemplar, su libro. Yo lo hubiera querido más largo, pero es el poeta quien decide qué versos incluir y cuales no en sus obras y esta que nos ocupó hasta aquí consta de veintisiete composiciones que saben a poco. Quizá el autor piensa, desde mi punto de vista equivocadamente, aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” Mi ingenio sólo me ha permitido llegar a veintiuna glosas. Pero todos sus poemas los he tratado con el respeto y el amor que se merecen, creo. Lo importante, lo extraño, como ya dije, fue la manera que estos versos de Pedro Juara influyeron sobre mí. Gracias, buen amigo y, como escribe tu hijo en el epílogo, sigue escribiendo, por favor.

Era mi alma un páramo desierto;
mis ansiedades, nimias esperanzas;
mi estar en este mundo, una charada;
mi corazón, un tristísimo desecho.

Llegaste tú: mi alma se hizo ribera;
mi única ansiedad, estar contigo;
mi estar aquí ya no fue un espejismo;
mi corazón, inacabable riqueza.

Y ahora al fin, llegado este frío invierno,
tras un otoño pleno en maravillas,
sigo arropándome en ti, en el recuerdo,
y en este estar dos almas confundidas:
porque has sido, sin duda, lo mejor,
el sí, sin ningún pero, de mi vida.