Una historia del Bronx (Tragedia postmoderna en un acto)

Dramatis personae:
Mary Anne: prostituta de buen corazón y mejor ver
Frankie: Rufián, "macrós" de Mary Anne
Mickey: cliente y amigo de Frankie

En el cuchitril de Mary Anne, Frankie y Mickey discuten acaloradamente, en tanto que la chica intenta poner paz entre ambos. Mientras el telón asciende lentamente, podemos oír el inicio de la discusión entre ellos. Ambos están en calzoncillos y llevan camisetas interiores sin mangas, muy sucias (por gentileza de A Streetcar Named Desire incorporated).
Mickey: Fuck you!
Frankie: No!, fuck you! (Mary Anne, muy asustada, se muerde nerviosa el borde de su falda, permitiendo de este modo al espectador observar desde la platea que no lleva bragas, aunque eso importa poco a la trama argumental)
Mickey: no, no!, fuck you!
Frankie: no, no and no!, fuck you!
Mickey: De eso nothing, Mike, (tartamudea nervioso) fu,fu,fu… fuck you!
Mary Anne: ¡Basta, basta, por God os vais a matar si continuáis así!
Frankie: (dirigiéndose a Mary Anne): ¡Shut up, bich, ¿no ves que estamos discutiendo tu precio?! (luego se dirige nuevamente a Mickey): Fuck you!
Mickey: No!, fuck you!
Frankie: no, no!, fuck you!
Mickey: no, no and no!, fuck you!
Mary Anne: ¡Basta, basta, os vais a matar a masturbations!
Frankie: (dirigiéndose a Mary Anne): ¡He dicho que Shut up, bich! (luego se dirige nuevamente a Mickey): Fuck you!
Mary Anne: (triste y llorosa como la alma máter) Oh, Frankie, you are a son of bich.
Frankie: (se pone tieso y guarda silencio. Saca una pistola del interior del calzoncillo y dispara sobre Mary Anne, que cae muerta al instante)
Mickey: But, ¿Qué has hecho, animal?
Frankie: Madre no hay más que una y a ella la encontré en la calle. And more, la maté porque aún era mía.
Mickey: Ok!, siendo así… Bueno, sigamos con lo nuestro. ¿Por dónde íbamos?  Ah, yes! Fuck You!
Fankie: ¿No me tocaba a mí?
Mickey: No, no, seguro.
Frankie: No discutamos por eso. Fuck you!
Mickey: No, fuck, fuck you! Eh,… just a moment! Ya no hay razón para que negociemos un precio por la dulce Mary Anne.
Frankie: ¡Da igual! Fuck you!
Mickey: no! fuck you!


Siguen discutiendo mientras baja lentamente el telón.

La balanza dice: vive

Por unas cosas o por otras, siempre acabo posponiendo el momento de mi muerte. Mi esposa no hace más que repetírmelo: “Si te vas a suicidar, hazlo de una vez y, si no, deja de dar la murga”. Tiene razón desde luego, pero es que ella no puede comprender la seriedad del asunto. No es tan sencillo pegarse un tiro, a pesar de que, visto desde fuera, pueda parecer un gesto más, el último, de un alma desesperada. Ni siquiera, como en mi caso, cuando ya has tomado la decisión irrevocable. Tras sopesar cuidadosamente los pros y los contras de la terrible acción que vas a llevar a cabo, siempre aparecen aquí y allá, flecos sueltos sin resolver, pequeños detalles sin importancia que, de pronto, inclinan la balanza hacia uno u otro lado. Es en esos minúsculos detalles donde se ocultan con frecuencia mis “arrepentimientos” de última hora, como me gusta denominarlos.
Pondré un ejemplo reciente: hace tres días, ya tenía todo dispuesto. El arma cargada y la puerta del despacho cerrada con llave por dentro para evitar que mi hijito de tres años pudiera importunarme en el transcurso de mi dramática acción. ¿Y qué ocurrió? Pues ocurrió, sencillamente, que en el instante en que me llevaba la pistola a la sien, mi mujer encendió la televisión y yo pude oír claramente a través de las paredes cómo había repuntado el IBEX 35 gracias a la espectacular subida del precio de las acciones de CORSO S.A. Un golpe de intuición que sólo cabe adjetivar como divina, seguida de un rápido cálculo mental, me obligó a cambiar el revolver por el auricular del teléfono. “¡Vende, vende!”, le grité a mi corredor de bolsa”. “Jo, macho, te vas a forrar”, me respondió. Y así, por una minucia, volví a retrasar el acto que me habría liberado para siempre de las miserias de este mundo.



El primer caso de James Dragule

Tres días antes de abandonar para siempre el cuerpo de la policía, recibí la visita de su marido. El cornudo, un tipo enorme de dos metros de altura y complexión de atleta, entró en mi despacho sin molestarse siquiera en llamar a la puerta.
    - Necesito que siga a mi esposa. Estoy seguro de que me la está dando con queso.
    - Usted es policía –respondí displicente-. No necesita un detective privado para eso.
    - ¿Y cómo sabe que soy policía, señor Dragule?
Temí una trampa y por mi vida. “Sabe que soy el amante de su mujer y me está probando el muy cabrón”, pensé. Pero conseguí reaccionar:
    - Huele a bofia a un kilómetro. Además no pretenderá hacerme creer que el uniforme que lleva es de bombero.
    - No puedo recurrir a los compañeros del departamento. Sospecho de algunos de ellos. ¿Sabe?  Ella también es policía.
“Algunos de ellos –sonreí para mis adentros-. Vaya putón verbenero”
    - De acuerdo. Me encargaré del asunto. Pero necesitaré algunas fotografías.
    - Aquí tiene una –me la tendió orgulloso-. Es del día de mi graduación.
    - Ajá, no está mal para empezar. Pero también precisaré algunas de su esposa.

Resultó fácil hallar un chivo expiatorio entre los promiscuos miembros del cuerpo de la policía. Lo eché a suertes y le tocó la china al inspector Romerales, el iracundo jefe del marido despechado. Tres días después, el muy bruto se llevó a los dos por delante. Minutos antes de matarla, disfruté del cuerpo de la policía por última vez. Desde el interior del armario, oí la primera detonación.
    - ¿Qué hace usted ahí dentro?
    - Estaba siguiendo a su esposa, ¿recuerda?
    - ¿Desnudo?
    - No quería levantar sospechas.

Me miró convencido. Luego, se llevó el arma a la sien y oí la segunda detonación.

Ángulo oscuro

Con la detención esta madrugada, del poeta laureado Apolonio Uránida en la Terminal T-4 del aeropuerto de Madrid-Barajas, la policía poética, dependiente del Ministerio de Cultura, educación y deporte, ha puesto fin a la operación “Ángulo Oscuro”, iniciada hace un año y que se ha saldado con más de trescientos poetas detenidos y un alijo de más de cincuenta mil poemas en verso libre, treinta mil sonetos, veintidós mil quinientas décimas espinelas y una cantidad aún por determinar de serventesios, quintillas, pareados, octavas reales y estrofas de carácter foráneo, como haiku y regas. Al parecer, los delincuentes colocaban sus versos en paraísos poéticos, como Hungría, México y Japón, a través de una red internacional perfectamente organizada. “Se trata del golpe más duro asestado hasta el momento a las mafias poéticas”, aseguró esta mañana en rueda de prensa el principal responsable de la operación policial, don Gurmesindo Alcatraz. Los detenidos han sido puestos a disposición judicial, acusados de tráfico de armas cargadas de futuro.


Como recordarán nuestros lectores, Apolonio Uránida, ya fue acusado hace cuatro años de dopaje poético y estuvo a punto de perder su corona de laurel, al descubrirse trazas de productos tóxicos, como Maripepa éxtasis poético, en la composición de algunos de sus versos, pero el caso fue sobreseído por falta de pruebas periciales.


En la imagen, Octavio Fernández Zotes, uno de los líderes de la banda poética,
que continúa en paradero desconocido y un soplón llamandopor el móvil.
(fotografía de Amado Gómez Ugarte)